martes, 9 de octubre de 2007

LOS PRIMEROS HABITANTES DE LA ARUCANIA: LOS MAPUCHES


El pueblo mapuche es y ha sido siempre una de las etnias originarias más importantes del país, tanto por su peso social y demográfico como por su fuerte sentido de identidad cultural, que ha encontrado históricamente formas de resistencia y de adaptación a la dinámica del contacto fronterizo con españoles y chilenos. Asentados históricamente entre los ríos Itata y Toltén, en la zona centro-sur del país, y emparentados lingüísticamente con sus vecinos picunches y huilliches, los mapuche presentaron una encarnizada resistencia a la dominación española durante todo el siglo XVI, hasta el punto de expulsar definitivamente a los castellanos de su territorio, luego de la gran rebelión que duró desde 1598 a 1602. La Guerra de Arauco se prolongó toda la primera mitad del siglo XVII, decayendo luego de la última gran rebelión mapuche de 1656, fecha desde la cual las relaciones fronterizas se distendieron y se produjeron importantes transformaciones sociales en el pueblo mapuche, fruto de su expansión a las pampas argentinas y la intensificación del comercio entre éstos y los criollos. Convertida en una de las etnias más poderosas de Sudamérica, los mapuche debieron resistir durante todo el siglo XIX, la intensa presión de las nuevas repúblicas de Chile y Argentina, que a través de respectivas campañas militares ocuparon la región. La integración de la Araucanía al territorio chileno en 1882, provocó el derrumbe de toda una sociedad que había encontrado la manera de adaptarse a siglos de lucha y contacto fronterizo. Los mapuche fueron confinados en territorios delimitados por el Estado, cerrándose el tránsito entre Chile y las pampas argentinas y obligándolos de esta manera a convertirse en un pueblo campesino, en tierras de mala calidad de la zona costera y la precordillera andina. La conformación de grandes latifundios a partir del remate de llamadas "tierras baldías", por parte del Estado, agravó la situación, creando una estructura agraria fuertemente desigual, a la vez que se sumaron, durante la primera mitad del siglo XX, las exacciones y estafas a comunidades mapuche, que vieron mermadas gran parte de sus tierras. El crecimiento demográfico y la contracción de las tierras comunales, dio inicio a una intensa corriente de migración campo-ciudad, lo que ha llevado a que hoy más de la mitad de los mapuche chilenos vivan en las ciudades. Esta etnia fue descrita por cronistas laicos y eclesiásticos en el período colonial, sin embargo, fue a fines del siglo XIX cuando se realizaron los primeros estudios de carácter científico sobre esta etnia. El lingüista alemán Rodolfo Lenz y el sacerdote capuchino Félix José de Augusta estudiaron su idioma, el mapudungun, del cual De Augusta redactó su primera gramática moderna en 1903. Tomás Guevara y Ricardo E. Latcham, por su parte, redactaron los primeros trabajos etnográficos sobre la etnia, utilizando informantes indígenas y observaciones de campo, así como algunos descubrimientos arqueológicos y los datos proporcionados por cronistas españoles. Desde una perspectiva mapuche se sitúan los trabajos de Manuel Manquilef y la autobiografía del lonko Pascual Coña, que relató oralmente un anciano cacique mapuche al misionero capuchino Ernesto Wilhem de Moesbach. Los estudios descriptivos de Latcham, Guevara, Augusta y Lenz fueron hechos sobre la base de la realidad mapuche anterior al confinamiento en reducciones, por lo que proporcionan un valioso material histórico y etnográfico sobre la transición entre una sociedad ganadera a una campesina, sometida y clausurada geográficamente. A mediados del siglo XX, se iniciaron los primeros estudios de campo entre las comunidades mapuche que aplicaron metodologías etnográficas modernas: de esta modalidad destacan los trabajos de Misha Titiev y Louis Faron. En la actualidad, los estudios fronterizos y etnohistóricos han entregado nuevas interpretaciones de la realidad mapuche, sobre la base de una lectura más profunda de las fuentes históricas y nuevos datos etnográficos.




jueves, 4 de octubre de 2007

CREENCIAS

Ceremonias rituales: machitún y nguillatún
La base de los ritos mapuches era la rogativa o petición. La ceremonia del nguillatún tenía por objeto pedir al Pillán y al totem que beneficiaran al pueblo con lluvias, cosechas abundantes, el aumento del ganado y otros favores.
La ceremonia del machitún se efectuaba para sanar a algún mapuche enfermo. Para ello intervenía un curandero llamado machi, al que se le atribuía poderes sobrenaturales que le permitían comunicarse con los espíritus. En el rito, el machi colocaba hojas de canelo -considerado como el árbol sagrado mapuche- y las encendía mientras realizaba cantos y danzas alrededor del paciente al son del kultrún, un tambor utilizado para invocar la ayuda de los pillanes bienhechores. Así, cuando la ruca se llenaba de humo, el machi, usando sus conocimientos de hipnotismo, creaba un fenómeno de alucinación colectiva, y fingía clavar un cuchillo en el enfermo. Después "urgaba" en el interior del mismo y les mostraba a los parientes la causa del mal, representada en lagartijas o insectos.
Finalmente, recetaba hierbas medicinales, como boldo, bailahuén, maitén, quillay y arrayán, entre otras.
Un elemento importante en el machitún era el rehue, un poste tallado donde el machi imploraba la ayuda de los espíritus.

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LA ORGANIZACION Y ORDEN SOCIAL




El jefe mapuche representa, persuade, convence, pero no ordena. La sociedad mapuche solía organizarse básicamente en grupos familiares, que se distribuían en algunas pocas rancherías y cuya máxima autoridad era el lonko, elegido en virtud de su riqueza, buen juicio y elocuencia.

Su mandato estaba basado en la prudencia y se sostenía en base a la colaboración social y la cohesión familiar. Debía consultar con los demás jefes de familia cada resolución que afectara a la comunidad y no se le toleraban actitudes autocráticas. La dispersión de los asentamientos y la posibilidad de que quienes disintieran formaran otro grupo y se establecieran en otro lugar, contribuían a que la subordinación al lonko estuviera muy lejos de ser absoluta.


Los grupos familiares se agrupaban en unidades mayores, denominadas levos o rehues, que solían llegar a contar con más de 2.000 personas. En tiempos de paz eran dirigidos por un ülmen y en tiempos de guerra, por un toki. Sólo en ocasión de grandes calamidades, como terremotos, epidemias o guerras, los diversos rehues se reunían para constituir el Aillarehue, la máxima expresión de la organización social mapuche. Durante la Guerra de Arauco, esta agrupación era llamada Huichanmapu y dirigida por el Nguentoqui, cuyo liderazgo sólo duraba mientras durase el conflicto militar.




Los grupos de parentesco constituyen la base de la estructura social de toda agrupación humana independiente de su tamaño. La sociedad mapuche, antes de la conquista española, se estructuraba política y socialmente en pequeños grupos de parentesco, siendo su unidad fundamental el lof. En aquella época, el pueblo mapuche basaba su subsistencia en una economía mixta de horticultura y ganadería complementada por la caza, por lo tanto tenían un desarrollo protoagrario. En tiempos de guerra las unidades familiares se articulaban bajo mecanismos tribales, que se disolvían una vez reestablecida la paz y de este modo volvía el control administrativo a los jefes de los grupos locales. Estas pequeñas unidades o estructuras sociales funcionaban de manera autónoma, no existiendo una sola autoridad tribal permanente que tuviera jurisdicción en tiempos de paz. La estructura social de estos grupos se basaba en lazos de parentesco del tipo patrilineal, esto es ascendencia o descendencia por vía paterna. Cada una de estas unidades estaba encabezada por un jefe o longko, que tenía su autoridad en virtud de su posición genealógica. Este jefe administraba los terrenos del grupo y asignaba los campos a las familias o matrimonios, quienes utilizaban estas tierras hasta que se agotaban. Sucedido esto, el jefe reasignaba nuevos terrenos para la familia necesitada, a la espera de la recuperación de la tierra agotada. Así también, existía una tierra de reserva comunitaria, a la cual cualquier familia tenía acceso si era preciso. Al mismo tiempo, el jefe representaba la ley y el orden para el grupo entero, pero su autoridad estaba relativamente limitada. Durante el siglo XIX, se transformó profundamente la vida social de los mapuche al constituirse el régimen de reducciones indígenas. Lo que antes había sido un trabajo comunitario y parental se transformó, al poco andar, en la individualización de los territorios. Se entregaron títulos de merced a cada familia, lo que provocó la ocupación de terrenos considerablemente más pequeños que los utilizados tradicionalmente. Además, este régimen repercutió en la sedentarización de los grupos familiares y en la pérdida de la autoridad de un jefe como administrador de terrenos. A partir de esta reglamentación las tierras se heredarían al interior de la familia nuclear. Finalmente esto llevó a la desintegración gradual de los grupos locales de parentesco y al surgimiento de las familias individuales, que poco a poco se integraron a la sociedad chilena abandonando su estructura sociocultural tradicional. La transformación de la vida económica familiar, desde la horticultura a la agricultura y ganadería, cambió la economía de autoconsumo familiar y las relaciones de parentesco al interior de las unidades familiares mapuche. Además, la conquista provocó un decrecimiento importante de la población, lo que desencadenó un debilitamiento de la cohesión social.Los grupos de parentesco constituyen la base de la estructura social de toda agrupación humana independiente de su tamaño. La sociedad mapuche, antes de la conquista española, se estructuraba política y socialmente en pequeños grupos de parentesco, siendo su unidad fundamental el lof. En aquella época, el pueblo mapuche basaba su subsistencia en una economía mixta de horticultura y ganadería complementada por la caza, por lo tanto tenían un desarrollo protoagrario. En tiempos de guerra las unidades familiares se articulaban bajo mecanismos tribales, que se disolvían una vez reestablecida la paz y de este modo volvía el control administrativo a los jefes de los grupos locales. Estas pequeñas unidades o estructuras sociales funcionaban de manera autónoma, no existiendo una sola autoridad tribal permanente que tuviera jurisdicción en tiempos de paz. La estructura social de estos grupos se basaba en lazos de parentesco del tipo patrilineal, esto es ascendencia o descendencia por vía paterna. Cada una de estas unidades estaba encabezada por un jefe o longko, que tenía su autoridad en virtud de su posición genealógica. Este jefe administraba los terrenos del grupo y asignaba los campos a las familias o matrimonios, quienes utilizaban estas tierras hasta que se agotaban. Sucedido esto, el jefe reasignaba nuevos terrenos para la familia necesitada, a la espera de la recuperación de la tierra agotada. Así también, existía una tierra de reserva comunitaria, a la cual cualquier familia tenía acceso si era preciso. Al mismo tiempo, el jefe representaba la ley y el orden para el grupo entero, pero su autoridad estaba relativamente limitada. Durante el siglo XIX, se transformó profundamente la vida social de los mapuche al constituirse el régimen de reducciones indígenas. Lo que antes había sido un trabajo comunitario y parental se transformó, al poco andar, en la individualización de los territorios. Se entregaron títulos de merced a cada familia, lo que provocó la ocupación de terrenos considerablemente más pequeños que los utilizados tradicionalmente. Además, este régimen repercutió en la sedentarización de los grupos familiares y en la pérdida de la autoridad de un jefe como administrador de terrenos. A partir de esta reglamentación las tierras se heredarían al interior de la familia nuclear. Finalmente esto llevó a la desintegración gradual de los grupos locales de parentesco y al surgimiento de las familias individuales, que poco a poco se integraron a la sociedad chilena abandonando su estructura sociocultural tradicional. La transformación de la vida económica familiar, desde la horticultura a la agricultura y ganadería, cambió la economía de autoconsumo familiar y las relaciones de parentesco al interior de las unidades familiares mapuche. Además, la conquista provocó un decrecimiento importante de la población, lo que desencadenó un debilitamiento de la cohesión social.








LA ECONOMIA


El comercio con los pueblos vecinos ha sido, por siglos, un elemento esencial del modo de vida pehuenche. Desde muy antiguo el elemento central de la economía de este pueblo ha sido el fruto del pehuén (araucaria araucana). Tradicionalmente, su estilo de vida era nómade, centrado en la caza y la recolección, con desplazamientos y actividades claramente ordenados según las estaciones del año. Al llegar los españoles y a diferencia de los mapuches, los pehuenches no tenían horticultura.

De las pampas argentinas traían sal y plumas de avestruz, a cambio de lo cual entregaban piñones, cestas y utensilios de madera. En plena Guerra de Arauco, los pehuenches comerciaban tanto con mapuches como con españoles.
El caballo cumplía un rol esencial en el comercio pues, además de servir de vehículo, era objeto de preciados intercambios. Aunque criaban algunos ejemplares, la mayor parte de estos animales provenía de la pampa argentina, adonde realizaban excursiones de búsqueda. Las mayores modificaciones al nomadismo pehuenche se introdujeron a comienzos del siglo XX, con la introducción del sistema de reducciones indígenas.
LA AGRICULTURA:La base de la economía mapuche era la agricultura que, según las áreas geográficas en que se ubicaban los grupos, era practicada de diferentes formas: entre los ríos La Ligua y Cachapoal, dependían de la irrigación artificial; al sur del Cachapoal y hasta el río Biobío, de la de secano, y al sur del Biobío, de la agricultura de roza.
Los ambientes en los que se desenvolvió la cultura Mapuche en Chile, permitieron el desarrollo de una agricultura en pequeña escala con cultivos de maíz, papa, quinoa, y ají entre otros.
Los instrumentos agrícolas -de muy poca elaboración- eran un palo aguzado que se utilizaba para abrir agujeros e introducir las semillas; una piedra atada a un mango para romper los terrones, y una horqueta hecha de madera para arar la tierra.
Cazaban guanacos, huemules y roedores, y de la costa lograban extraer pescados y mariscos. Poseían, además, rebaños de ovejas, pero ellas rara vez eran sacrificadas, pues se reservaban como moneda de cambio para comprar a las novias y también para obtener lana.

EL VIAJE DE PEDRO DE VALDIVIA


En 1547, Valdivia decidió viajar a Perú para reabastecerse y colaborar para resolver la revuelta social que se estaba produciendo en el centro del virreinato. Llegó justo a la batalla de Jaquijahuana, en la que Pedro de La Gasca se aprestaba a dar el golpe final contra Gonzalo Pizarro y sus seguidores, que habían provocado una gran rebelión y decapitado al virrey. Los líderes de la rebelión fueron asesinados, y como recompensa Valdivia fue confirmado como gobernador de Chile. A su regreso, Valdivia emprendió la conquista de las tierras ubicadas al sur de Santiago. Su objetivo era extender la gobernación hasta el Estrecho de Magallanes. Como resultado de las exploraciones, se fundaron las ciudades de Concepción (1550), A estas fundaciones hay que agregar una anterior, La Serena (1544), por Juan Bohon, que tras ser destruida e incendiada fue refundada en 1549 por Francisco de Aguirre.
Con la fundación de cada ciudad, se asignaban tierras y encomiendas de indios a los vecinos, y se creaba un cabildo. Con la fundación de ciudades y fuertes al sur del río Biobío, Valdivia confiaba en la sumisión del pueblo mapuche, pero la reacción no tardó. A fines de 1553 estalló una gran rebelión dirigida por el joven jefe indígena Lautaro, que había servido a Valdivia y que, por lo tanto, conocía perfectamente sus estrategias de guerra. El 25 de diciembre de 1553, Lautaro logró un triunfo decisivo al derrotar, apresar y asesinar a Valdivia en el fuerte Tucapel. Después de esto, la resistencia indígena se fortaleció tanto, que Concepción fue abandonada y la defensa española debió organizarse desde Santiago. Unos años después, el 1° de abril de 1557, el campamento de Lautaro -que iba camino a Santiago con su ejército- fue atacado de sorpresa por las fuerzas de Francisco de Villagra en Peteroa, a orillas del río Mataquito. Durante la batalla el líder mapuche fue asesinado.

lunes, 1 de octubre de 2007

LOS HABITANTES: VIDA, CULTURA Y RELIGION


La ociosidad y la monotonía formaban el fondo de la vida colonial. Las siestas y las distribuciones religiosas de la mañana y tarde ocupaban gran parte del día. A las nueve en invierno y a las diez en verano, la campana de la queda terminaba las visitas en los estrados, las puertas se cerraban, y las calles quedaban desiertas y oscuras. Los viajes eran dificultosos y raros. Las noticias de afuera no llegaban sino muy de tarde en tarde, por falta de correos; y, como no había grandes negocios, ni bancos, ni diarios, ni política, el tema de las conversaciones no salía de la cónica casera.Las trabas de la exportación hacía que los alimentos de primera necesidad fuesen abundantes y baratos. Aunque su precio había subido en los últimos tiempos, una fanega de trigo se vendía en un peso, y en cuatro o cinco una vaca. El servicio de una criada no valía más de dos pesos mensuales.Por el contrario, los artículos de precedencia europea eran escasos y caros; pero, en cambio, ni siquiera se conocían muchos de los objetos que las comodidades o el lujo exigen ahora como indispensables.


Contadas familias tenían calesas o carruajes; para los paseos, bastaba la carreta. Solo a fines del siglo pasado llegaron algunos pianos o claves: la guitarra los reemplazaba. Los más elegantes salones se alumbraban con velas de sebo, encendidas con un tizón o con pajuelas, a falta de fósforos. Solamente los ricos tenían alfombra en lugar de estera, y algún pequeño espejo colgado en la pared blanqueada de cal.
La visión religiosa del pueblo mapuche se basaba en la existencia de un mundo poblado de espíritus y dioses. Sin embargo, este politeísmo se resumía bajo la existencia de un ser todopoderoso, creador de todas las especies vivas, llamado Pillán o Neguechén, quien habitaba en las alturas celestiales y tenía la facultad de conceder la vida y la muerte. A esta deidad se asociaban manifestaciones de la naturaleza, como los truenos, el fuego, las erupciones volcánicas y los sismos.
Asimismo, practicaban el culto a los tótemes, entre los que se puede mencionar el cielo (huenu), el sol (antü), el mar (lavquen), el río (lenfu), la piedra (cura) y el agua (co). Cada tribu invocaba a su totem respectivo, cuyo nombre era utilizado en los apellidos y del cual descendía de acuerdo a la alianza entre el Pillán y el tótem.
Cuando fallecía un mapuche, su cadáver era ahumado, para conservarlo y velarlo durante varios días. El pesar provocado por la muerte era demostrado con gran dolor, y cuando el nombre del difunto ya no era pronunciado, se lo enterraba vestido con sus mejores ropas y provisto de alimentos, chicha, adornos y armas. Luego de cubrir el cuerpo con tierra, los familiares consultaban al adivino o dunguve, para identificar quién era el responsable de la muerte y así cobrar venganza. Si no eran compensados satisfactoriamente, atacaban al presunto culpable con el fin de matarlo.

LOS MAPUCHES DEL TOLTEN

Toltén era uno de los centros más importantes de los mapuche, pues se extendía casi media legua a lo largo del río homónimo y lo habitaban más de 200 familias. El terreno era plano y extraordinariamente fértil, donde crecían muy bien el trigo, las habas, el maíz y una especie de papa que hasta hoy es reconocida como la de mayor calidad en todo Chile.

A mediados del siglo XIX se instalaron los primeros colonos alemanes, franceses y criollos en territorio lafkenche. El auge colonizador comenzó en 1905, como consecuencia de la venta de los sitios ocupados por la "Sociedad Agrícola", lo que originó la creación del pueblo de Puerto Domínguez en la ribera del Budi.

Ya en 1852 había comenzado a formarse, en el litoral cercano al lago, el caserío que dio origen a la localidad de Puerto Saavedra. Esta última fue completamente arrasada por el terremoto y maremoto de 1960 y aún hoy se pueden observar ruinas que marcan la antigua ubicación del pueblo

.En este contexto, las comunidades mapuche de la zona se ubicaron en la ribera del Budi, donde continuaron cultivando sus tradiciones, las que hoy abren para que el mundo conozca los bellos parajes que cobijaron a estos asentamientos prehispánicos y las hermosas manifestaciones culturales -artesanía, tejidos, religiosidad, gastronomía y juegos- de la "gente de la tierra".